Esta serie de dibujos y fotoserigrafías se articula alrededor de la figura del cuerpo como territorio inestable. No se trata de cuerpos reconocibles ni anatómicamente correctos, sino de presencias alteradas: cuerpos sin cabeza, extremidades que se prolongan hasta volverse impropias, coyunturas imposibles que desafían la lógica funcional. Estas deformaciones no buscan lo grotesco, sino evidenciar la fragilidad de las estructuras que sostienen la idea de identidad, equilibrio y normalidad. El cuerpo aparece aquí como un campo de tensión, un espacio donde lo humano se desarma y se reconfigura, revelando estados de extrañamiento, vulnerabilidad y resistencia. A través de la repetición, el trazo y la serialidad propia de la fotoserigrafía, las imágenes insisten en esa imposibilidad, convirtiendo la anomalía en lenguaje y el error en forma.